CANTO CUICA DE LUCHA Y RESISTENCIA

CANTO CUICA DE LUCHA Y RESISTENCIA

No sabemos realmente si los cuica o kuika se llamaban a sí mismos de esa manera. Quienes los nombraron no conocían su idioma y les impusieron distintos nombres, nuevos dioses y otras leyes. Sabemos, sin embargo, que su idioma y su cultura estuvieron emparentados con la gran familia lingüística chibcha, junto a pueblos como los muisca.

Las crónicas registran que, en 1713, en Carache (estado Trujillo), 150 años después de que los conquistadores se repartieran las tierras de los cuica, sin lograr dominarlos por completo, la Inquisición realizó un gran acto o «Auto de Fe». Ese día, los indígenas fueron obligados a reunirse en la plaza del pueblo, a escupir sobre sus ídolos y a arrojarlos al fuego. Muchos fueron azotados mientras un coro infantil cantaba un Te Deum y el cura celebraba un exorcismo colectivo.

Mientras las llamas consumían las figuras de barro, conchas y piedra en la plaza de Carache, los conquistadores creyeron estar presenciando el fin de antiguas creencias. Pero los dioses de los cuica no vivían en esas figuras. Habitaban en los páramos cubiertos de niebla, en las terrazas donde germinaba el maíz, en la chicha compartida entre familias, en el rumor de los barrancos y en la memoria de sus sabios mojanes, que desde las montañas respondieron al Te Deum con un canto más antiguo que las campanas.

En las quebradas de Trujillo, cuando el viento golpea las laderas de sus cerros y montañas y las sombras recorren los antiguos caminos de piedra, algunos dicen que todavía puede escucharse el eco de aquel canto:

¡Madre Chía, que habitas la montaña,
con tu pálida luz alumbra mi cabaña!

¡Padre Ches, que alumbras con ardor,
no alumbres el camino al invasor!

¡Oh, Madre Icaque, manda tus jaguares,
desata el ventarrón y suelta tus cóndores!

¡Afila los colmillos de las mapanares
y aniquila a los blancos con dolores!

¡Madre Icaque, que vives en Quibao!
¡Padre Ches! ¡Madre Chía!

¡Inflamen mi espíritu con llama de rencor!
¡Sean el fuego que calcina, el agua que destruye,
los rayos de las nubes y los truenos de las montañas!

¡Padre Ches, mi troja repleta con granos abundosos!
¡Llena mis ollas con la fuerte chicha y mi pecho con valor!

¡A mi mujer que cría, dale pechos que manen ríos de leche!

¡Padre Ches, dame una flecha aguda que mate al invasor!
¡Tiempla mi brazo! ¡Que dispare esa flecha sin temor!

¡Yo soy tu hijo, oh Ches, mi señor!
¡Yo soy tu servidor!

¡Oh, Chía, mi señora!
¡Dame la chicha de tu inmenso valor!
¡Dame a comer, en carne, el odio al invasor!



Este canto, nacido al pie del cerro El Quibao, en Trujillo, fue transmitido oralmente de generación en generación hasta ser recopilado, en 1844, por Rafael María Urrecheaga (1826-1897), quien lo oyó en idioma indígena de labios de un anciano esnujaque, una parcialidad del pueblo o nación indígena conocida como cuica.

Fascinado por la fuerza poética de este grito de guerra, el entonces joven andino, de apenas 17 años, se entregó al estudio de una lengua de la que ya quedaban pocos hablantes. Urrecheaga se convirtió en un sabio, inventor y políglota autodidacta. A él debemos este testimonio de lo que fue una industriosa nación indígena venezolana.

Entre los legados más valiosos de esta nación encontramos un sistema agrícola que supo aprovechar las distintas alturas y tipos de suelo. Fueron constructores de terrazas agrícolas, administradores del agua, hábiles comerciantes y artistas del barro y de fibras como el algodón, con el que elaboraban sus finas ruanas y otras vestimentas.

Entre los pueblos de origen cuica, además de Carache, tenemos a Esnujaque, Escuque, Boconó, Niquitao y muchos otros que conservan el nombre de sus antepasados aborígenes, entre ellos: Cuicas, Escuque, Betijoque, Tostós, Niquitao, Burbusay, Siquisay, Monay, Chejendé, Jajó, Durí, Bucay, Bitubú, Bisnajá, Bujay, Cabimbú, Carambú, Moporo, Cubistús, Curandá, Caguí, Curubuy, Comboco, Chiquimbú, Chandá, Esdová, Saguá, Mucuche, Butaque, Mocoy, Isnabús, Jají, Vichú, Timirisis, Iznarún, Cajuí, Marajabú, Estivandá, Chachí y Mocojó.

De Escuque, por ejemplo, sabemos que significa «Pueblo de Nubes», y que, por su belleza y arquitectura, despertó la admiración de los primeros españoles que llegaron a la región. El cronista de Indias Juan de Castellanos (1522-1607) que lo visitaría en 1545, más o menos, describió sus grandes y ordenadas construcciones de piedra, asegurando que no había visto nada semejante en estas tierras.

También relató la existencia de un templo de tres naves dedicado a la diosa Icaque, donde se celebraban festividades relacionadas con el calendario agrícola. Estas descripciones permiten concluir que Escuque era un importante y organizado asentamiento cuica, por lo que su fundación no corresponde a los españoles, sino a sus antiguos habitantes, lo que hace difícil precisar su verdadera antigüedad.

Razones por las cuales los cuica, quinientos años después, siguen negándose al olvido.

Para conocer más sobre estos pueblos recomiendo la obra clásica de etnografía Los aborígenes del occidente de Venezuela: su historia, etnografía y afinidades lingüísticas, publicada por Alfredo Jahn en 1927.

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