La Caimana

La Caimana

Comparto con ustedes mi cuento LA CAIMANA, escrito mientras me estrenaba como abuela en Malta en 2015, enviado a editoriales y concursos ese mismo año. Convertido en cuentoflyer durante una pasantía artística en el Centro de Arte Contemporáneo de Huarte, en 2021. Espero que lo disfruten. Las ilustraciones son de Yanira Calvo Torres.

                                                 LA CAIMANA

Cuando era niña, María Rosa iba a lavar al río con su hermana. En esa
época en San Fernando no había electricidad y menos lavadoras, tampoco
internet ni nada de esas cosas. Un día de mucho sol, la hermana lavaba y
María Rosa jugaba cuando vio que algo se movía en la orilla. Ella se acercó
con cuidado y entre un montón de hojarasca húmeda encontró un caimancito.

Él se quedó quieto, tan quieto que María Rosa pudo verse reflejada en la
ventanita vertical de sus ojos, redonditos, brillantes y amarillos. ¡Seguro se
había escapado! las mamás caimanas son muy celosas con sus hijitos…

María Rosa asustada miró para todos lados hasta que su hermana le dijo:

–¡Vámonos! ¡Déjalo allí! ¡No me gustaría ser el almuerzo de una mamá
caimana!

Pero María Rosa lo agarró, y lo escondió en la cesta de la ropa y cuando
llegó a su casa le pidió a su papá que la dejara quedarse con él. El caimán
creció más rápido que María Rosa, que lo trataba como muñeca y lo dormía en la bañera, hasta que un día, cuando María Rosa ya se había hecho señorita, el caimán amaneció que no quería comer, ni siquiera se movía.

Muy preocupado, el papá de María Rosa llamó al veterinario del pueblo,
aunque con cierto recelo porque era nuevo. Se trataba de un joven recién
graduado y como venía de la ciudad capital, era poco probable que supiera de caimanes.

Pero él joven veterinario atendió su llamado y fue hasta la casa de María
Rosa a examinar al caimán. Después de dar un par de vueltas alrededor del
atribulado animal declaró:

–Señor papá de María Rosa este no es un caimán, ¡es una caimana y ya
está muy grande! Le hace falta nadar y tomar el sol. Lo mejor será
devolverla al río.

–¡Una caimana! –exclamó María Rosa que no se lo creía y como no
quería separarse del caimán que resultó caimana, lloraba y lloraba como
toda una señorita que ahora era.

El señor papá estuvo de acuerdo con el veterinario, aunque le daba
mucha pena ver llorar a María Rosa. ¡Eran lágrimas verdaderas! No de
cocodrilo, como dicen las malas lenguas.

–Es mejor hijita, sino se va a morir de tristeza aquí en la bañera.

Con ayuda del veterinario subieron a la caimana a la parte de atrás de
una camioneta grande, de esas de reparto, y la sujetaron como pudieron.
Tomaron la carretera y la llevaron lejos, muy lejos, más allá de Biruaca. Allí la
dejaron en la boca de un caño que hermanaba sus aguas con las del río Apure.             

–Aquí seguro, será feliz, –se dijeron ellos, mirándose satisfechos.

Nadie sabe cómo, pero al poco tiempo la caimana regresó a San
Fernando. La gente asustada se apartaba de ella viéndola caminar por las
calles y un vecino, ¡hasta sacó una escopeta para matarla del puro miedo que
daba! Había crecido mucho, pero María Rosa, que andaba de compras por ahí ese día, la reconoció y gritó:

–¡No dispare, no dispare por favor!

El señor de la escopeta no disparó y la caimana siguió a María Rosa
hasta la casa donde fue derecho hasta la bañera. ¡Hacía mucho calor!

María Rosa, ahora la llevaba al patio a tomar el sol y de vez en cuando
la sacaba a nadar y cuando se casó con aquel joven veterinario que había
venido de la ciudad capital, la caimana hasta la iglesia los acompañó. Desde
entonces, se hizo muy famosa y todo el que llegaba a San Fernando iba a conocer a la caimana de María Rosa, que ya no cabía en la bañera y usaba sombrero.

¡Nadie podía creer que existiera una caimana amigable, porque a todas
las demás les gusta comer gente! Pero esta era diferente y cuando alguien
se acercaba, sonreía y patas afuera de la bañera, ¡mostraba sus dientotes para las fotos!

Y sanseacabó, hasta aquí llega este cuento de verdad, verdadera que
ocurrió en mi imaginación cuando recorrí los Llanos y llegué hasta San
Fernando de Apure.


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