LA CAIMANA Y EL ESPANTO
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Fecha de publicación: marzo 10, 2022
Siguiendo con la caimana y Faoro, pasaron los años, las modas cambiaron y el comercio de pieles de caimán dejó de ser lucrativo para los apureños. Sin embargo, Faoro se mantuvo activo como comerciante y joyero. Había envejecido y, a mediados de siglo, comenzó a tener achaques de salud. En 1972 se sintió mal, muy mal, y lo llevaron a una clínica. Estando allí y viendo que la cosa no mejoraba, él y Ángela decidieron casarse. Había muchos asuntos que atender y no hubo tiempo para iglesias ni ceremonias como cuentan por ahí y, poco después, su corazón dejó de latir.
Doña Ángela narró en distintas oportunidades algo que ocurrió luego de la muerte de Faoro y que a mucha gente le cuesta creer. Fue justo en el momento en que llegó el ataúd para el velatorio a la que había sido su casa. La familia y personas allegadas ya se encontraban reunidas en el salón principal cuando de pronto entró la caimana, muy sigilosa. Al verla, la gente se sorprendió y uno de los muchachos que la pareja había criado pidió ayuda para colocar el ataúd en el suelo.
Apenas lo hicieron, la caimana dio un salto impresionante sobre el ataúd y puso su cabeza sobre el pecho de Faoro, como solía hacer. Conmovidas ante tan inesperado gesto de dolor, algunas personas comenzaron a llorar. ¡Hasta hombres hechos y derechos lloraron lágrimas verdaderas! Luego todo fue silencio.
La caimana se quedó así por un buen rato, sin poder oír aquel latido que conocía tan bien hasta que, por sí sola, se bajó con pesadumbre. Salió del salón caminando más lentamente que de costumbre, se metió en una de las habitaciones del fondo, cerca del patio, y ahí se quedó.
Después del entierro de Faoro, la caimana se negó a comer y casi no se movía. Pasaron los días y doña Ángela comenzó a preocuparse y, aunque compartía aquella tristeza de la caimana, tuvo que tomar cartas en el asunto. Consultó al veterinario que atendía a la caimana y este le recetó unas inyecciones para «despertar» el apetito. Días después, la caimana volvió a comer, aunque muy poco y sin muchas ganas. También, sin muchas ganas, regresó al estanque, pero casi no se movía por la casa.

Ángela y la caimana fotografiada por Edgar Moreno, de su proyecto «El museo del caimán».
EL ESPANTO DE FAORO
Fue así como una tarde, doña Ángela estaba en la habitación que había compartido con Faoro cuando de pronto, le pareció oír su voz viniendo de aquel salón donde había tenido lugar el velatorio. Tratando de reponerse del susto, salió de la habitación rápidamente y cuál no sería su sorpresa al ver que la caimana caminaba en la misma dirección y con el mismo talante que cuando iba al encuentro de Faoro.
Ángela contaba que lloró del susto al pensar que no había sido solo su imaginación. ¡La caimana también había oído aquella voz y allí estaban las dos, atendiendo a su llamado! Imagino, que fue caminando hacia el salón, una detrás de la otra, cuando Ángela entendió el mensaje: fuera o no la voz de Faoro la que oyeron, ahora la cosa era entre ellas dos y ya era tiempo de ponerle fin al duelo.
Desde entonces y para alegría de la muchachera, la caimana volvió a ser la misma, comía como de costumbre y se paseaba por la casa, pero eso sí, nunca volvió a entrar a la habitación de Faoro.
LA CAIMANA SE DESPIDE
La caimana continuó siendo todo un personaje en San Fernando y, en 1987, cuando estuve por allá, me hablaron de ella, pero tal como mencioné en otra entrada del blog, no tuve la oportunidad de conocerla, ni tampoco a doña Ángela. En realidad no me hablaron de una caimana, me hablaron de un caimán, macho, en masculino singular, que había sido criado por una mujer en una bañera. No mencionaron a Faoro, quien hacía ya más de quince años había partido de este mundo, ni al estanque, ni me dieron ningún otro detalle.
Pasó el tiempo y la caimana, con su fama a cuestas y cada vez con menos dientes, decidió que también había llegado el momento de partir. Fue así como el 27 de noviembre de 1992, tal como le había sucedido a Faoro, su corazón dejó de latir y, sin más, se despidió en silencio. A mí me gusta imaginar que la caimana y Faoro se encontraron en ese cielo verdadero del que hablan los pumé cuando al atardecer ven hacia el poniente y se disponen a esperar noche. Un cielo donde los caimanes y la gente son felices.

Una pareja pumé en los llanos de Apure.
LA CAIMANA Y EL TAXIDERMISTA
El caso es que aquí en la tierra llana, doña Ángela no sabía qué hacer. Le resultaba duro despedirse de la caimana. Fue entonces cuando decidieron embalsamarla. Según cuenta Aura de Castro en un perfil de Facebook, fue su padre, Cruz Rafael Martínez Guevara, quien se encargó de tal tarea. Él era un experimentado y reconocido taxidermista, pero aun así, el encargo le significó un reto y una ardua tarea debido al tamaño y volumen de la caimana y porque la pobre ya tenía varios días de muerta.

La caimana, el taxidermista y un ayudante.
Cuenta Aura que su padre puso lo mejor de sí para lograr un buen trabajo. Había conocido a Faoro y a la caimana mientras vivían y, en honor a su memoria, se valió de todo su arte y conocimientos para devolverle a la caimana su forma y prestancia. Fue él quien, durante este proceso, encontró en la panza de la caimana las piedras que tiempo atrás se había tragado.
El señor Martínez logró su cometido. Si bien, en mi opinión, la caimana quedó muy lustrosa y perdió algo de su natural colorido, lo cierto es que gracias a su excelente trabajo ella sigue allí, contando su historia desde el resguardo de una caja de vidrio.
La caimana embalsamada en el salón de la entrada de la casa donde siempre vivió con Ángela, Faoro y su familia.
LA CAIMANA Y LA FAMA
Cuatro años después de la partida de la caimana, en 1996 apareció el primer libro infantil dedicado a su memoria. Si bien la autora ubicó la historia en Cabruta y no en San Fernando de Apure, como relato en otra entrada, es indudable que se trata de los mismos personajes. Por otra parte, dado que la publicación apareció en Chile, poco se supo de ella en Venezuela.

Sin embargo, los cronistas e historiadores apureños, y también poetas, periodistas y artistas de un poco más allá, fascinados con esta historia tan aleccionadora, no dejaban de mencionarla y escribir sobre ella o recrearla. Como es el caso del artista y fotógrafo caraqueño Edgar Moreno, quien en 2017 presentó su obra-instalación «El museo del caimán», de la cual hemos tomado varias imágenes y sobre la cual escribiré luego. Por ahora les invito a conocer su trabajo en este enlace: https://museodelcaiman.blogspot.com/

El origen de muchas de estas reseñas de reciente data parece estar en una columna escrita por Vladimir Hidalgo Loggiodice que, bajo el título «José Faoro y su Caimana», apareció el 12 de octubre de 2000 en un semanario apureño. Este y otros escritos de Vladimir sobre el tema, según me comentó él mismo en una conversación telefónica, están basados en una larga entrevista que sostuvo con doña Ángela en esos años. Durante esa entrevista, ella le narró lo ocurrido en el velorio de Faoro y otros detalles sobre la caimana que pocos creyeron, muy a pesar de ser corroborados por varias de las personas que estuvieron allí presentes.
Al año siguiente, en 2001, la fantástica crónica de Vladimir Hidalgo fue plagiada en su totalidad y publicada en un afamado diario capitalino de circulación nacional. Ante su reclamo, el periódico se lavó las manos y el autor del plagio se negó a retractarse dado el impacto que había tenido la publicación en los lectores.

Recorte de prensa de «Semana Hoy», publicación periódica apureña en la que apareció la columna que Vladimir Hidalgo dedicó a Faoro y su caimana en 2002.
Años después, la misma crónica de Vladimir fue reproducida en el portal de Facebook de NotiClarín de Apure, donde, a solicitud suya, se aclaró y reconoció su autoría. Ha sido tal la popularidad de dicha publicación en las redes sociales que, en 2020, la crónica se hizo viral y ese mismo año apareció en España otro libro infantil reproduciendo la historia que contara Vladimir y que entonces pocos creyeron.
NotiClarín Digital Apure. 16 de mayo de 2017.
https://www.facebook.com/ElclarindelllanoclamordelacomunidadapureysurdeG/
Desde aquella columna de 2000, otros blogueros han escrito sobre el tema. En la mayoría de los casos, repitiendo lo narrado por Vladimir sin mencionar la fuente. Otros, agregando datos e información que no he podido corroborar.
Sin embargo, puedo asegurar que en 2015, cuando por alguna razón la imagen de aquel caimán apureño metido en una bañera me asaltó y me dio por escribir sobre él, comencé a buscar información por Internet y nada encontré. Sí pude leer varios artículos científicos sobre el caimán del Orinoco, pero nada leí sobre un caimán domesticado en San Fernando, por lo que decidí escribir mi cuento dejando todo a la imaginación.
Creo que la razón por la cual entonces no encontré lo que buscaba fue porque no utilicé las palabras claves: Apure y caimana. Lo de que el caimán resultara caimana me lo inventé entonces recordando a la caimana de Puerto Ayacucho, a la que sí había conocido y visitado luego en distintas ocasiones, abogando porque fuera liberada o donada a una institución que le ofreciera mejores condiciones de vida y permitiera su sana reproducción. ¡Cuál no sería mi sorpresa al descubrir que lo mismo había ocurrido con aquel caimán del que me habían hablado años atrás en San Fernando de Apure!

Pero aquí no se acaba el cuento, vienen otras entradas sobre caimanes y cocodrilo y que siga la caimanera...
