LA CAIMANA Y FAORO

LA CAIMANA Y FAORO

Cuentan en San Fernando de Apure, que hace muchos años, cuando el Siglo XX andaba por la treintena y la venta de pieles del caimán del Orinoco era un negocio lucrativo, unos cazadores de caimán le regalaron a Faoro un caimancito de apenas unos días de nacido. De inmediato, el mencionado señor colocó al animalito en el bolsillo de su camisa y cuando llegó a su casa, se acostó a descansar en su hamaca, lo sacó del bolsillo y el caimancito se acurrucó sobre su pecho. Desde entonces sus corazones se acostumbraron a oírse mutuamente.

Caimancito recién nacido. Fotografía de Alvaro Velasco para la Revista Río Verde.

Se trataba de un caimancito de esos que los cazadores de caimán llamaban “tigrito”, porque a pesar de lo oscuro de su piel al momento de salir del cascarón, y de las manchas negras a los costados de su cuerpo, al crecer, su piel se torna amarillenta conservando las manchas. El caso es que a este caimancito lo llamaron “Negro” y así se quedó. Toda esta historia suena muy bonita, pero la verdad verdadera es que Faoro se dedicaba, entre otras cosas, a comerciar con las pieles de caimán, cacería que ocasionó la muerte de miles y miles de estos animales durante años.

A quienes les interese saber más sobre este tema les recomiendo el excelente artículo de Ernesto Boede W. y Rafael Hoogesteijn, del cual he tomado datos e imágenes: 

https://www.researchgate.net/publication/322683075_LA_CAZA_COMERCIAL_DEL_CAIMAN_DEL_ORINOCO_CROCODYLUS_INTERMEDIUS_EN_VENEZUELA_1894-1897_1929-1963_CONSIDERANDO_METODOLOGIAS_Y_RELATOS_DE_LA_EPOCA

Faoro (figura central de pie y sin sombrero) y los cazadores de caimanes. Aunque esta fotografía aparece como tomada por el mismo Faoro en el artículo de Ernesto Boede W. y Rafael Hoogesteijn antes citado, es poco probable que así fuera. La imagen fue adquirida por el padre de Ernesto en San Fernando de Apure, en 1932.

Por su parte, los caimaneros o cazadores de caimanes que trabajaban para Faoro, conocedores de que las caimanas son madres muy celosas de sus crías, utilizaban a los caimancitos recién salidos de la nidada para atraerlas hasta donde ellos pudieran cazarlas con mayor facilidad y menor riesgo. Lo cierto, es que las crías al sentirse en peligro emiten un chillón llamado de auxilio, desmintiendo así la popular creencia de que los caimanes y cocodrilos son mudos. Dado que de cada nidada pueden salir unos 20 caimancitos como mínimo, los cazadores solían tomar los que necesitaban para su faena y el resto lo regalaban o lo dejaban de su cuenta.

Pintura con escena de cacería de caimán utilizando una cría de cebo, además de linternas y arpón. Imagen tomada del mismo artículo de Boede y Hoogestejin antes mencionado. En la pintura de Nelson A. Barragán, uno de los cazadores tiene una cría en la mano izquierda para atraer a la caimana que ataca la canoa.

QUIÉN FUE FAORO

Según algunos historiadores y cronistas apureños, Giuseppe Faoro, conocido en Apure como Don José, nació en Brescia, al norte de Italia, en 1897. Llegó a Venezuela siendo un adolescente e inicialmente se estableció en Los Teques. Luego, junto al también italiano, Antonio D’Anello, llega a San Fernando de Apure, en aquel tiempo prospero pueblo de Los Llanos, situado en la margen sur del río Apure, donde montan una joyería. Años después, Faoro se independiza, compra una casa y monta su propio negocio.

En esa casa vivió Faoro el resto de su vida. Vida que compartió con Ángela Filomena Estévez y su familia, una apureña con quien se casó poco antes de morir, el 8 de julio 1972. No tuvieron hijos propios, pero criaron y levantaron a una docena, entre niñas y niños. Quienes conocieron personalmente a Faoro, cuentan que era un hombre muy trabajador y afable, pero discreto y a veces hasta taciturno; delgado pero de contextura fuerte y mediana estatura, con la piel y los ojos claros. Un hombre de muchas facetas, con diversos intereses y destrezas.

Como hemos leído, Faoro aprendió desde muy joven el arte de la orfebrería y a llevar un negocio. A la gente de Apure le gustaba mucho su trabajo como orfebre porque era original y refinado. Elaboraba por encargo todo tipo de prendas en oro y piedras preciosas y hasta dientes de oro. También cuentan que en muchas de esas prendas utilizaba colmillos de caimán, azabaches y huesitos de peces, elementos todos a los que se le atribuyen propiedades mágicas o curativas contra las picaduras de serpiente, mal de ojo y esas cosas.

Además de reconocido y afamado joyero y comerciante, Faoro fue también herbolario y como tal, se dedicaba elaborar medicamentos naturales para tratar distintas dolencias. Esto contribuyó a su fama, ya que uno de sus preparados, el llamado “Felisbesta” que servía para engordar el ganado, era muy solicitado. A mí siempre me ha parecido que las vacas en Apure sufren de flacura por más pasto que coman.

Vacas en Apure en una imagen tomada de la web.

Faoro era de ese tipo de personas que nos enseñan que el mundo no es en blanco y negro y que entre el bien y el mal hay infinitos matices. Por un lado, amaba a los animales y tenía dotes de amaestrador y por otro, negociaba con plumas de garza, pieles y dientes de caimán y de tigres. Además, a parte de la muchachera que crió junto a Ángela, también crió animales muy particulares. Al respecto cuenta Don Francisco  Castillo Serrano en no sé que página de su obra, “El Último Violín: apuntes testimoniales de Apure”. Ediciones Puerta del Sol, Mérida (Venezuela), 2002, lo siguiente:

“Entre aquellas curiosidades se contaban una grulla, que Faoro peinaba en su regazo al amanecer, para luego volar libre y elegante por el cielo de San Fernando; un casar de puerco espines, compañeros inseparables de sus diarias caminatas por la plazoleta Sucre; dos cunaguaros y un enorme tigre…”

También cuentan que tenía aves cantoras, tortugas, peces, chigüires y báquiros. Definitivamente Faoro se entendía bien con los animales y con las plantas. Sin embargo, fue la profunda y particular relación que mantuvo durante años, y aun después de su muerte, con aquel caimancito que resultó caimana, la que ha permitido que su memoria perdure en el tiempo y que se escriba y hable sobre ellos aún hoy en día.

Plaza en Apure en la que encontramos figuras de animales propios de la región. La imagen fue tomada de la página web https://alpargataviajera.com de la apureña Kaiser S.

 

NEGRO O NEGRA

El caimancito, al que habían llamado Negro, siguió durmiendo en el pecho de Faoro hasta que su peso y tamaño se lo permitió. Alcanzó más de tres metros de largo, cambió de color y era muy fuerte y pesada, pero dócil y tranquila. Durante el día, se paseaba por toda la casa y también por el negocio, siempre cerca de Faoro, o reposaba plácidamente en el estanque que le habían construido en el patio. Cuando llegaba la hora de dormir y Faoro se metía en la cama, la caimana posaba la cabeza en su pecho. Algunas personas afirman que a veces se trepaba en la cama y cuando Ángela y Faoro se habían dormido, se bajaba cautelosa y se acostaba en el suelo muy cerca de ellos. Otras cuentan que cerca de la media noche se iba al patio y si hacía mucho calor se sumergía en el estanque, pero también que a veces, la muy tremenda, se trepaba en otras camas asustando a parientes y visitas. Me contaron, yo nada vi, que Faoro tenía un silbido y un particular gesto para llamarla y que al escucharlo ella atendía de inmediato.

La caimana en el patio de la casa de Ángela y Faoro.

Con el tiempo, la caimana se convirtió en una verdadera atracción en San Fernando y era visitada por gente notable y hasta famosos artistas con quienes se tomaba fotos de buena gana. Al parecer Faoro nunca quiso recibir ningún beneficio económico por ello ni hacer ningún negocio con su imagen. Hasta dejaba que niñas y niños se treparan sobre ella y le hicieran travesuras, tal como podemos ver en muchas imágenes que circulan por la web.

Barbel Saarmann junto a la caimana. Fotografía tomada por  Josef Fischer en 1961, quien aparece en la imagen de la derecha capturando crías de caimán en Apure. Caimancitos que luego donaron a un zoológico en Viena.

La caimana era alimentada regularmente con unos cuantos kilos de pechugas y muslos de pollo y a veces con pescado de mar. No le daban peces de río aunque sabemos que estos, y la carne de lapas o chigüires, son de las presas más apetecidas por los caimanes, y como cuentan por ahí, también los perros. Sin embargo, no se supo que se comiera a algunos de los otros animales de Faoro. Lo que si es posible, es que se zampara unas cuantas ranas y sapos en el patio y quién sabe que otro bicho, lo cierto y probado es que, de alguna manera, engulló unas piedras que después de muerta le encontraron en la panza.

Tal como ocurrió con la caimana de la Estación Biológica de Pt. Ayacucho, se supo que «Negro» no era un caimán macho como habían supuesto, porque un día encontraron una nidada con varios huevos que puso no sé sabe bien dónde. Eran huevos no fertilizados por lo que no eclosionaron ni nacieron caimancitos.

Caimana con su nidada.

Fue entonces cuando empezaron a llamarla “La caimana” aunque Faoro continuó llamándole «Negro» y ella continuó siguiéndole a todas partes y colocando la cabeza sobre su pecho para oír latir su corazón ¡Hasta dejó que Faoro le colocara unas fundas de oro en sus colmillotes con las que luego se lucían en la plaza del pueblo durante las fiestas de carnaval! Pero aquí no termina esta historia que pica y se extiende… 

Faoro colocando las fundas de oro en los colmillos de la caimana. Imagen facilitada gentilmente por Vladimir Hidalgo.

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Beatriz Bermudez Rothe

Antropóloga, creadora multidisciplinar, escritora y editora venezolana.

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